Ese fue el día que descubrí que podía levitar. Fueron apenas 2 centímetros de altura lo que alcancé a levitar, mis piernas se pusieron increíblemente ligeras y mi columna exageradamente rígida. Fue hace 19 años, en un parque descuidado en el que solíamos juntarnos después de clases. Roberto siempre insistió en que era noviembre, pero mi memoria me indica, con una buena seguridad, que era septiembre. Pinche Roberto, si no fuera por él podría asegurar que el mes en que levité por primera vez era septiembre. En fin, Roberto murió. Pero es en honor a su memoria, que siempre lo menciono en mi crónica.
Ese septiembre (o noviembre) íbamos en busca de un gato callejero al que por alguna razón, a la cual nunca le pudimos hallar su origen, le llamaban Mamba. Mamba sabía cómo jodernos, algunos le calculaban 10 años y los más grandes aseguraban que mínimo tenía 20 años, lo cierto es que mantenía la agilidad de un gato joven. Su cara rasgada y su cola mordisqueada las mostraba con orgullo, advirtiéndonos que nosotros éramos los invitados en su colonia.
Mamba había tomado la costumbre de perseguirnos y arañarnos las calcetas,mientras íbamos al colegio, en sus ojos de gato era visible que sólo lo hacía por joder. Roberto y yo hicimos un plan, si es que a eso se le puede llamar plan. Nuestro "plan" consistía en comprar un litro de gasolina, bañar con esto a Mamba y prenderle un cerillo. Era cruel, pero así son los niños. Ese día llegamos al parque dónde según Jorge, el de la tienda donde compramos los cerillos, recién había visto a Mamba.
Llegamos y ahí estaba Mamba, en medio de la cancha de futbol. Al verla se puso en sus cuatro patas y se erizó, sabía a lo que íbamos, sabía que pelearíamos. Llegamos a un metro de distancia de Mamba, yo llevaba la gasolina, Roberto los cerillos. Nunca supimos cómo, pero Mamba tomó la iniciativa y dio el primer ataque, embistió con una ferocidad temible el torso de Roberto, las bestiales garras de Mamba hicieron basura la camisa roja de Roberto. Roberto calló y Mamba caminando sobre el pecho de Roberto se acercó hacia su cara, levantó lentamente la garra derecha y atacó sin piedad la cara de Roberto. Yo estaba paralizado, el bote de gasolina ya se encontraba tirado y derramándose en la tierra de aquel campo, fue en ese momento que levité. Intentaba mover mi cuerpo pero no podía, intenté mover mi meñique y mis pies dejaron de tocar el suelo por cuatro segundos. Mamba se quedó mirándome y huyó mientras dejaba rastros de orina a su paso. Desde ese día si quiero levitar... intento mover mi meñique.
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