lunes, 18 de abril de 2011

Población Aproximada

Era octubre cuando Doña Mariana murió. Aquel día no quiso que nadie la tocara; se aferró a su mecedora y la acercó a la ventana para ver gente pasar. Todos creímos que el capricho le duraría poco y que al final nos dejaría darle un digno entierro. Sin embargo, aquella mujer era de las llamadas "chapada a la antigua", había sido una mexicana de esas que se ven ahora en los libros de historia con carrilleras llenas de balas y carabinas en ambas manos. Tuvo que pasar un mes para que dejara aquella mecedora y pasó otro más hasta descubrimos que en las noches salía a podar los rosales.

Tuvimos unas pequeñas juntas en las que se acordó permitir los paseos nocturnos de Doña Mariana excepto en días feriados durante los cuales con una tabla trancábamos la puerta de su casa. Un día, unas cuantas horas después de oscurecer, la fallecida señora visitó a Don Roberto, platicaron unos cuantos minutos y se marchó. A la mañana siguiente se encontró a Don Roberto muerto en su cama, llevaba su vestimenta de domingo con zapatos perfectamente lustrados. El hombre tenía 68 años y tenía más de 5 meses prometiendo que nos dejaría pronto.

Doña Mariana continuó saliendo de noche para podar hasta que acabó con todos los rosales del pueblo; alguien en un ataque de brillantez sugirió quitarle las tijeras que usaba, apenados, lo hicimos. Dos mañanas después de dicha restricción, la señorita Josefina fue hallada sin vida sobre su máquina de coser, el doctor del pueblo concluyó que la señorita murió a causa de una extraña enfermedad que vuelve tan viscosa la sangre que al momento que ésta llega al corazón se queda atrapada en dicho órgano. La policía hizo unas entrevistas con los vecinos, "de rutina" decía ellos. Y lograron descubrir que la noche anterior Doña Mariana había visitado a la señorita Josefina.

En ese momento todos lo supimos, Doña Mariana traía "las sombras". Hubo otra junta y en ésta se acordó la prohibición de los paseos nocturnos. A partir de ese día no tendría ningún tipo de contacto con nosotros. La única excepción era la salida permitida los 7 de Agosto, día en que era escoltada por 4 de nosotros, obviamente guardando una distancia prudente, evitando cruzar miradas con ella y portando tapones de algodón en los oídos. Era el 7 de Agosto el día en que Doña Mariana le llevaba flores a la tumba de su esposo.

El encierro de Doña Mariana es lo peor que le ha pasado a este pueblo. Durante cada una de las noches que lleva encerrada ahí, ha arañado y gritado palabras al revés. No existe casa en la que no se escuchen los gritos de la mujer, ni existe día que se calle. Hoy decidimos largarnos de aquí, con los muertos no se puede vivir.

lunes, 4 de abril de 2011

Santiago


Sobre una sábana remojada en sudor despertó Santiago. Las noches de aquel año eran sofocantes y pegajosas, se necesitaban mínimo tres lavadas de cara para poder superarlas, en el pueblo la gente tomaba un vaso de agua antes de ir a dormir, temían morir deshidratados.

Tomando firmemente el mango de un cuchillo, Santiago comenzó a rebajarse la barba como lo venía haciendo todas las mañanas desde hace 27 años, enjabonó su mejilla izquierda, vaciló unas milésimas de segundo y lentamente se pudo apreciar como emergía de su piel una fina línea roja, la angustia que lo había tomado días atrás por fin había llegado a manifestarse físicamente.

En el pueblo se trabajaba la caña de azúcar, una empresa gringa había llegado hace 20 años y ofrecía 500 pesos a la semana por 8 horas de trabajo diario. Con el machete enfundado Santiago partía temprano, recién lo había decidido, ese día mataría a Mariano Rojas. Unos creen que al herirse y ver el rojo de su sangre aquel hombre mutó en bestia, gente que ni siquiera lo conocía juraba haberlo visto esa mañana salir de su casa en cuatro patas y echando vapor por las narices. Iba rumbo a la cañada, Mariano al igual que el 90% de los hombres de la región laboraba en aquel lugar.

En el camino Santiago no pensaba de más, su capacidad para simplificar las cosas era una herramienta con la que muchos asesinos fantaseaban, en su cabeza se tejía paso a paso la muerte de Mariano. Lo buscaría cerca del riachuelo, dónde últimamente habían recibido órdenes de trabajar, esperaría su hora de descanso y justo cuando Mariano enfundara su machete, en un acto perfectamente sincronizado, Santiago desenfundaría el suyo y buscaría herir con fuerza la frente de su víctima, la idea era partirle el cráneo de un tajo.

Antes de llegar al área de las cañas se tenía que pasar por una oficina que servía como checador, comedor, área de esparcimiento y además el lugar desde donde el capataz dirigía a sus hombres.
-Santiago, toma. Nos acaban de llegar del otro lado. -Dijo el capataz, mientras le acercaba a Santiago una funda negra de cuero.

Santiago tiró la funda que traía y se colocó la nueva. El machete ahora vestido de gala viajaba orgulloso al lado del muslo de su dueño. Al llegar cerca del riachuelo ubicó rápidamente a Mariano, éste se encontraba sentado en una piedra ruñendo un pedazo de caña. Se acercó por detrás tratando de hacer la menor cantidad de ruido posible y ya estando a casi un metro intentó desenfundar su machete pero este se negó a salir de su nueva funda. Mariano volteó sin poder comprender la escena que se presentaba ante sus ojos. Santiago comenzó a temblar, se dio media vuelta y caminó unos metros. Con delicadeza desnudó su machete y empezó a tumbar cañas. De su mejilla una herida sin cicatrizar volvía a sangrar.