Sobre una sábana remojada en sudor despertó Santiago. Las noches de aquel año eran sofocantes y pegajosas, se necesitaban mínimo tres lavadas de cara para poder superarlas, en el pueblo la gente tomaba un vaso de agua antes de ir a dormir, temían morir deshidratados.
Tomando firmemente el mango de un cuchillo, Santiago comenzó a rebajarse la barba como lo venía haciendo todas las mañanas desde hace 27 años, enjabonó su mejilla izquierda, vaciló unas milésimas de segundo y lentamente se pudo apreciar como emergía de su piel una fina línea roja, la angustia que lo había tomado días atrás por fin había llegado a manifestarse físicamente.
En el pueblo se trabajaba la caña de azúcar, una empresa gringa había llegado hace 20 años y ofrecía 500 pesos a la semana por 8 horas de trabajo diario. Con el machete enfundado Santiago partía temprano, recién lo había decidido, ese día mataría a Mariano Rojas. Unos creen que al herirse y ver el rojo de su sangre aquel hombre mutó en bestia, gente que ni siquiera lo conocía juraba haberlo visto esa mañana salir de su casa en cuatro patas y echando vapor por las narices. Iba rumbo a la cañada, Mariano al igual que el 90% de los hombres de la región laboraba en aquel lugar.
En el camino Santiago no pensaba de más, su capacidad para simplificar las cosas era una herramienta con la que muchos asesinos fantaseaban, en su cabeza se tejía paso a paso la muerte de Mariano. Lo buscaría cerca del riachuelo, dónde últimamente habían recibido órdenes de trabajar, esperaría su hora de descanso y justo cuando Mariano enfundara su machete, en un acto perfectamente sincronizado, Santiago desenfundaría el suyo y buscaría herir con fuerza la frente de su víctima, la idea era partirle el cráneo de un tajo.
Antes de llegar al área de las cañas se tenía que pasar por una oficina que servía como checador, comedor, área de esparcimiento y además el lugar desde donde el capataz dirigía a sus hombres.
-Santiago, toma. Nos acaban de llegar del otro lado. -Dijo el capataz, mientras le acercaba a Santiago una funda negra de cuero.
Santiago tiró la funda que traía y se colocó la nueva. El machete ahora vestido de gala viajaba orgulloso al lado del muslo de su dueño. Al llegar cerca del riachuelo ubicó rápidamente a Mariano, éste se encontraba sentado en una piedra ruñendo un pedazo de caña. Se acercó por detrás tratando de hacer la menor cantidad de ruido posible y ya estando a casi un metro intentó desenfundar su machete pero este se negó a salir de su nueva funda. Mariano volteó sin poder comprender la escena que se presentaba ante sus ojos. Santiago comenzó a temblar, se dio media vuelta y caminó unos metros. Con delicadeza desnudó su machete y empezó a tumbar cañas. De su mejilla una herida sin cicatrizar volvía a sangrar.
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